Sin conciencia.
Lo que siento no es el terciopelo aquel que habita en la piel de tus labios. Sé cómo son desde aquel día, a la sombra de “nuestra” palmera, cuando me los entregaste con pasión. Fueron míos desde entonces y nunca he renunciado a su sabor, una y otra vez han rozado mi alma. Sin embargo, no es eso lo que siento y tampoco lo puedo describir. He intentado empujar y tampoco sé si empujo o no. Con los codos primero y con las rodillas después. No noto que nada se mueva. No noto que mis hinchados músculos, que con tanta insistencia he entrenado, se tensen. Tampoco noto dolor alguno, ninguno desde luego como el de nuestra separación. Aquello provocó un cisma en nuestras vidas que trajo una revolución de sentimientos, todos buenos, propicios para una absoluta reconciliación que dura y perdurará. Te eché tanto de menos…
Tampoco puedo abrir mis ojos, los mismos que te descubrieron un día a lo lejos y desde entonces no existen ojos para nadie más que para ti. Ni siquiera tu sombra ha disfrutado del placer de mi mirada. Tus ojos, preciosos ladrones de momentos inolvidables, son sinceros testigos pues continuamente se tropezaban con los míos, cómplices, en todo lo que se movía alrededor de nuestros cuerpos entrelazados en busca de placer infinito.
Quisiera que nuestras manos quedaran juntas para siempre como cuando estábamos sentados en nuestras butacas y disfrutábamos de las cariadas sensaciones del cine, suaves con el romance y tensas con el terror. El sudor de los nervios en tus manos quisiera sentir en estos momentos, y nada siento.
No noto movimiento alguno en mi pecho, como tampoco las palpitaciones que antes delataban tu presencia cuando me abrazabas, me susurrabas cariños al oído o las yemas de tus dedos palpaban mi rostro en busca de sinceridad.
No parece que sienta miedo, tan solo intriga. He intentado incorporarme y no he sido capaz de mover siquiera un pelo. ¿Dónde estaré? ¿En el tanatorio, quizás? Colocado en un ataúd de esa madera tan brillante y pulida que parece recién fabricado, con las manos juntas sobre el pecho como si de un faraón se tratara. Con horribles coronas a mi lado, que además no me gustan las coronas. ¿Cómo se puede demostrar cariño y aprecio por una corona de flores? Quisiera que pusieran una foto suya a mi lado, así podrían demostrarme amistad. Pero ¿cómo se lo diré a la gente? Algún ramo en el suelo, bien pegado a la caja, ¡como si alguien fuera a robarlo! Es el último regalo que tendré de mis amigos o conocidos.
¿Qué cara tendré? Estará tapada con uno de esos pañuelos. Como se me haya quedado cara de piedra… Prefiero una sonrisa aunque sea estúpida. No como aquel vecino, siempre tan serio él. Su hijo me hizo sentir absolutamente abatidocon sus muestras de dolor reflejadas en aquella cara desencajada, deforme por el llanto. De vez en cuando el muchacho hacía aspavientos, se acordaba de alguna discusión con su progenitor por banalidades que ahora eran losas enormes de culpabilidad y trataba de esconderlas en el fondo del lugar más apartado de su mente.
Presiento tu perfume, como aquella vez en la que lo percibí al girarme mientras dormía. En la funda de la almohada lograste que soñara, una y otra vez aún cuando no estabas a mi lado, con nuestros encuentros. Perfume fresco, nunca lo he olvidado. Da igual el tiempo que haya pasado, desde entonces lo tengo impregnado en mi ser y mi alma, si ahora queda libre, se considera suficientemente agradecida por haber conocido ese placer.
Por el placer de haberte conocido y sentir tantas cosas a tu lado espero que estés en la primera fila de bancos, vestida con luto casi riguroso, pues siempre has combinado muy bien los colores y es imprescindible para ti que siempre te vea muy guapa, ahora con lágrimas de dolor fúnebre, negras por el rímel y bajando por tus hermosas mejillas que un día recibieron besos de cariño y ahora son de pésames, intercambiando lágrimas y abrazos de quienes me hayan conocido y, por qué no, también querido.
Nos hemos reído mucho con algunas personas que nos aprecian y también lo hemos pasado mal cuando las cosas no les han ido bien. Algunos de ellos estarán a tu lado consolando tu alma, que se estremecerá cuando se junte a otras con los mismos sentimientos. Tu capacidad para ver lo que yo nunca veía en otras personas es algo que siempre te envidié; la “mala idea” propia de las mujeres, intuición femenina que le llaman otros, ha sido la constante que ha hecho de nosotros una pareja ideal. Pero todo esto desaparecerá. ¡Qué idiotez! ¡Dios! ¡Qué idiotez! ¿A dónde irán todos estos sentimientos? Los buenos y malos, todos, partes inseparables de la vida de cada cual.
He pedido muchas veces que me encineren. ¿Harán realidad mis deseos? No me gusta la idea de tener esos bichitos, orugas blancas, que aparecen en las series de televisión pululando por las cuencas de los ojos y bajando por la nariz aunque, bien pensado, si todos hiciésemos lo mismo, ¿desaparecerían esas especies de necrófilos animales? ¿Qué ONG los defiende? Mis cenizas serán esparcidas por los mares de nuestros hermosos recuerdos. Cada vez que mires al océano me verás reflejado en él y cuando te bañes recibirás enormes abrazos; y si una ola te empuja hacia la orilla seré yo, celosos, quien te saque del agua para protegerte de otros abrazos, de otros besos. Lo que me viene ahora a la mente es el crujir, por el aceite hirviendo, de las verduras cortadas en juliana cuando las salteaba y de todos los restos de la semana que habitaban en la nevera en aquella enorme sartén japonesa. Todo por el grandísimo placer de las comidas en casa, los dos solos viendo pasar la vida, disfrutando de nuestra compañía. El vino abocado de El Monte, el postre siempre exquisito, el amor tierno y cansino después de la comida. ¿Tendré hambre? ¡Creo tener hambre, aun estoy vivo! ¡Coño, que alguien me despierte o me toque! Si siento que me tocan quizás recobre el conocimiento.
Te dejan desnudo, en la caja, con un sudario como vestimenta como ese blanco con el que se viste a los fantasmas. Lo sé aunque aún no recuerdo el por qué.
He hecho el esfuerzo de empujar una vez más en todas las direcciones y nada. Mi cuerpo no se mueve pero mi mente sigue pensando si continuaré vivo, aunque la verdad es que no oigo nada y siempre se ha dicho que las personas, aunque estén en coma, escuchan lo que pasa a su alrededor. Seguro que recuerdas aquella escena de una película en la que una madre lee un libro a su hijo postrado, rodeado de cables, con aquella cara de ojos y boca abiertos, pues parece no contener otros elementos en su rostro.
Sigo sin poder abrir los ojos y tampoco puedo imaginar nada. No tengo ni una sola imagen; puedi describirlo todo, pero no soy capaz de verlo. ¿Y si, en realidad, soy tan pequeño que aún no he nacido? ¡Estupendo! Si esto es lo que me está ocurriendo todo está solucionado. Te buscaré sin demora, no importa donde estés, ni la edad que puedas tener; sé que, cuando me veas, cuando veas mi cara, descubrirás al hombre que te va a hacer feliz y, esta vez sí, podremos vivir sin errores.
Este relato ha sido publicado en el libro “Cuentos desde la celda”.